La segunda toma de Kabul
- Periferia Internacional

- 16 ago 2021
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Actualizado: 16 ago 2021

"Este desastre empezó cuando los estadounidenses abandonaron nuestro país, no los culpo a ellos, sino al presidente Ghani, porque cuando los estadounidenses se fueron empezó la destrucción", fueron las palabras de una mujer kabulí durante una entrevista con la cadena alemana DW.
La idea de que la ausencia de tropas internacionales, especialmente norteamericanas, fue el detonante para que la milicia talibán arrasara con el país está muy extendida entre los habitantes de la capital afgana, sobre todo por que este retiro ha sido progresivo y esperaban una mejor actuación por parte del mandatario afgano, Ashraf Ghani, para cuando se completara.
La historia de Afganistán durante estos 20 años de guerra que costaron la vida de, aproximadamente, 2300 militares estadounidenses y un número desconocido hasta ahora de soldados afganos caídos, ha sido un vaivén de decisiones abruptas en el ámbito internacional y una pésima gestión gubernamental que parece cíclica en la política de este país que en su época encabezó la lista de Estados fallidos y que hoy parece volver a las primeras planas por lo mismo.
La historia se repite
Luego de los ataques del 11 de setiembre en Nueva York, George Bush decidió como primer y urgente paso acabar con el nido de entrenamiento militar de los terroristas islámicos de Al Qaeda, quienes hicieron de Afganistán su centro de operaciones; sin embargo, la toma de ciudades por el fundamentalismo islámico y las denuncias de violaciones de los derechos humanos eran parte de la historia moderna afgana e incluso trascendían a la época talibán, la más draconiana que ha conocido este país, víctima de los excesos extranjeros y domésticos.

Así ocurrió a fines de los años 70 cuando los soviéticos invadieron y se quedaron durante una década en el país, promoviendo gobiernos títeres aliados a Moscú. La respuesta de la sociedad afgana se dio en las provincias más pobres alentadas por las nacientes revoluciones islámicas en la región. Hasta ahí llegaron facciones de radicales islámicos que juntos, pero no revueltos, acabaron con las pretensiones del invasor en la que fue el Vietnam de los soviéticos.
El avance de los islamistas y la desaparición de la URSS hicieron que el gobierno títere del presiente afgano de entonces, Mohamed Najibulah, se desplomara. Años después, con la primera llegada de los talibanes al poder en 1996, Najibulah, quién se encontraba asilado en la sede de la ONU en Kabul, fue apresado, castrado, amarrado a un coche, paseado por la ciudad y colgado en una plaza como mensaje a todo aquello que representaba el antiguo régimen pro comunista.
Es quizás por ello, que ante esta nueva toma del poder por parte de los fundamentalistas talibanes, el actual presidente ha decidido abandonar el país. Nadie en su sano juicio permanecería un día más en una ciudad a la que ingresan los verdugos de todo aquello que representa un régimen extranjero. Sin embargo, no todos han corrido la misma suerte, si bien los norteamericanos, británicos, españoles, entre otros, han logrado sacar a su cuerpo diplomático a tiempo, convirtiendo el aeropuerto de Kabul en casi una zona de guerra por la impresionante presencia militar (Estados Unidos mandó esta semana mil militares más, que se suman a los seis mil ya en la zona, para ayudar en la repatriación de sus diplomáticos y conciudadanos) aun quedan dentro del país 18 mil ciudadanos afganos, entre traductores, analistas y militares, que ayudaron a las tropas norteamericanas y que hoy corren inminente peligro de represalias.
Entre la época pro soviética de Najibulah y la dictadura talibán del Mulá Mohamed Omar se encuentra un periodo poco conocido de la historia afgana. Con el asilo de Najibulah en la embajada de la ONU, su vicepresidente toma el poder interinamente sólo para traspasarlo a los islamistas, cerrando la etapa de la República Democrática de Afganistán e iniciando el periodo de la República Islámica de Afganistán. Este periodo que va 1992 a 1996, tuvo como presidentes a dos fundamentalistas que iniciaron el proceso de radicalización de la sociedad afgana, uno de ellos, Burhanuddin Rabbani, fue quien restauró la lapidación de las mujeres por adulterio, cerró las escuelas por considerarlas "Puertas al infierno" y se censuró la radio y la televisión. Su régimen, sin embargo, fue reconocido por la ONU en 1995. Aún así, un año después los talibanes, la facción más radical entre los islamistas que se disputaban el poder en ese entonces, lo defenestraron luego de una guerra de guerrillas desde el interior del país, algo muy parecido al accionar de este grupo en esta nueva asonada.
Los talibanes le cambiaron el nombre al país, que dejaría de ser el Estado Islámico de Afganistán, reconocido internacionalmente, por el Emirato Islámico de Afganistán, reconocido entonces sólo por tres países, con el misterioso y sanguinario Mulá Mohamed Omar a la cabeza. Años después, ya incluso en plena ocupación norteamericana, Rabani correría la misma suerte que Najibulah, siendo el segundo ex presidente asesinado por el talibán, esta vez por medio de un atentado suicida.
El primer régimen talibán no gobernó desde Kabul, sino desde Kandahar, la segunda ciudad más importante del país, esto debido al misterio que rodea a la figura del Mulá Mohamed Omar, de quien se sabe muy poco, pero del que muchos creen nunca salió del país, ni usó las sedes gubernamentales afganas para gobernar. Por el contrario, su régimen de terror estaba en las calles, desde donde sus seguidores infligían los peores castigos a quienes desafiaban su extrema visión del islam, convirtiendo el estadio nacional de Afganistán en la sede del horror por las constantes ejecuciones, ahorcamientos y lapidaciones. Se cree que Omar está muerto luego que Estados Unidos realizó un asalto a su cuartel y lo sacara de la lista de terroristas más buscados.
La etapa post talibán
Un billón de dólares gastó Estados Unidos durante la que se considera su guerra en territorio extranjero más larga de la historia (2001 - 2020). Durante este periodo dos presidentes han gobernado el país sin poder crear una fuerza capaz de combatir a las guerrillas extremistas que, poco a poco, han ido captando las zonas más alejadas del centro de poder. Esto en gran medida por la falta de legitimidad de ambos presidentes y el escaso alcance que sus políticas han tenido fuera de Kabul, la capital.
Hamid Karzai fue el presidente de la primera parte de la época post talibán. Tras los acuerdos de Bonn, Karzai fue nombrado presidente solo de transición hasta la llegada de las elecciones, las cuales también ganó en el 2004 y a las que se presentó nuevamente en el 2009, siendo reelegido. Su poder, aunque reconocido internacionalmente como ningún otro presidente que haya tenido el país, no tuvo legitimidad interna más allá de las zonas controladas por las fuerzas extranjeras, muchas de ellas, además, fueron abandonando el país ante la falta de acción de su gobierno. Así ocurrió en 2012 cuando un atentado contra militares franceses en la provincia afgana de Kapisa obligó al gobierno de Nicolás Sarkozy a adelantar la salida de militares franceses de la zona para el 2013, algo que el gobierno entrante del socialista Francois Hollande cumplió a rajatabla.
A esta falta de acción del gobierno por capacitar y empoderar a su propio ejército, se sumaron las denuncias de posible fraude en las elecciones del 2009, donde Karzai fue reelecto porque su contrincante decidió renunciar ante las irregularidades; las denuncias de tráfico de opio de su hermano, Ahmed Wali Karzai y la pésima gestión de la ayuda internacional para reconstruir el país. En el plano exterior, la muerte de Osama Bin Laden, en el 2011, hizo que el gobierno de Barack Obama iniciara el retiro de las tropas norteamericanas de Afganistán, ya que cumplido el objetivo inicial de la invasión, y en medio de la resaca de la crisis económica del 2008 y las protestas del Ocuppy Wall Street en Nueva York, no tenían mayor motivo para justificar, política y económicamente, el seguir anclados en el país asiático.
Bajo este escenario cambiante el talibán logró posicionarse en las provincias más desprotegidas esperando que el gobierno se debilite tanto que no necesite iniciar una guerra a gran escala para tomar el poder... y así ocurrió con la llegada a la presidencia del más occidental e impopular de los presidentes que ha tenido el país, Ashraf Ghani.

El hoy defenestrado presidente Ashraf Ghani era más conocido en occidente que en su propio país hasta el fin de la primera época talibán. Casado con una cristiana libanesa progresista, Rula Ghani, con quien estudió en la Universidad Americana de Beirut y en la Universidad de Columbia en Nueva York; el presidente Ghani vivió durante 30 años en la capital norteamericana, fue docente en diferentes universidades como Berkeley y John Hopkins e incluso trabajó como analista del Banco Mundial y como comentarista internacional en la BBC, el Washington Post, el New York Times y el Wall Street Journal, entre otros. Caído el régimen talibán regresó a Afganistán y fue ministro de economía de Hamid Karzai, posteriormente dejó el cargo por divergencias con el mandatario y se postuló como candidato a la presidencia en el 2009, quedando en cuarto lugar, a pesar de haber tenido la ayuda del ex asesor de campaña de los Clinton. La suerte llegaría en el 2014 cuando ganó las elecciones e inició un periodo conocido por la apertura económica y social, aunque limitada a la capital y las grandes metrópolis como Kadahar y Herat.
Fue él, quien aconsejado por su esposa, propuso a Anissa Rassouli como la primera mujer candidata a presidir el Tribunal Supremo del país en el 2015, iniciativa que no fue compartida por un congreso nacional cuyas posturas, sobre todo de los representantes regionales, eran cada vez más conservadoras. Ghani, quería ir más allá y propuso que haya mujeres en altos cargos en los ministerios e inició medidas para investigar las lapidaciones de mujeres que aún existían, y existen, en el país. Estas medidas llevaron a la impopularidad al presidente, generándole conflictos sucesivos con el parlamento nacional y afianzando el poder de los talibanes en el interior, sobre todo en la etnia mayoritaria del país, los pashtun, para quienes las costumbres islámicas tienen un gran peso.
La gestión disruptiva de Ghani ya tenía precedentes desde su época de ministro de economía. Sus medidas entonces incluyeron un enfrentamiento con el ejército al negarse a pagar salarios hasta que no existiese una planilla fiable debido a la presunta corrupción en esta institución que, él suponía, exageraba las cifras. Esto hizo que entre el ejército y el nuevo mandatario no terminaran de cuajar relaciones, generando en Ghani el mismo comportamiento que su antecesor, apoyarse en la intervención militar extranjera en vez de dotar de recursos y estrategias al ejército local. Las últimas declaraciones del ministro de defensa afgano, quien sufrió un atentado del talibán en su casa, dan cuenta de ello: “Nos ataron las manos a la espalda y vendieron la patria, maldito Ghani y su pandilla”.

Con la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca, la presidencia de Ghani cayó más en el descrédito. A pesar de ser un gobierno auspiciado por Estados Unidos, Ghani nunca fue tomado en cuenta por la Casa Blanca al momento de entablar negociaciones con las milicias talibanes lideradas por Mawlawi Hibatullah Akhundzada, que para entonces empezaron a recapturar poblados. Las conversaciones directas entre talibanes y norteamericanos iniciadas en el 2018 concluyeron en el acuerdo de paz de Doha, Qatar, a inicios del 2020, mediante el cual Estados Unidos se comprometía a retirar sus tropas gradualmente (desde entonces 10 mil soldados norteamericanos abandonaron el país) y a cambio los talibanes cumplirían con no hacer de sus zonas tomadas una base para el entrenamiento y lanzamiento de ataques terroristas, así como cortar toda relación existente con lo que queda de Al Qaeda. Sin embargo, si bien no hubo ataques hacia blancos norteamericanos, si las hubo contra sedes gubernamentales afganas, periodistas, minorías étnicas como los hazara y organizaciones civiles. Desde entonces las negociaciones sobre el acuerdo de Doha se estancaron. El nuevo gobierno de Joe Biden, ya había amenazado en febrero que de continuar la violencia revisaría el acuerdo y mantendría sus tropas en el país. La respuesta talibán fue que de no cumplir con retirarlas, la guerrilla volvería a iniciar acciones contra objetivos estadounidenses.
El auge de la violencia, el enfrentamiento con el parlamento, el descrédito hacia su gestión, el escaso apoyo a su propio ejército y un año marcado por la pandemia del covid 19 sellaron el destino de Ashraf Ghani, el presidente que alguna vez escribió un libro, aclamado internacionalmente, cuyo nombre era profético "La fijación de Estados Fallidos".
La toma
A pesar de que la OTAN ha decidido no irse del país ante la toma de los talibanes, nada le aseguraba a Ghani, hoy presuntamente exiliado en la vecina Tayikistán, no correr la misma suerte que sus antecesores, mas aún cuando el nuevo régimen talibán ha mostrado tal capacidad de acción y poco compromiso con sus promesas. La inteligencia norteamericana consideraba esta misma semana que la toma de Kabul podría darse en 90 días y ocurrió en menos de 90 horas, debido en gran medida a la poca capacidad de acción del ejército nacional y de los gobernadores regionales, quienes no tuvieron el apoyo desde Kabul para hacer frente a los islamistas, teniendo que entregar sus ciudades una a una como en efecto dominó ante el temor de ajusticiamientos. El mismo Secretario de Estado de Estados Unidos, Antony Blinken, ha hecho eco de ello al decir que "las fuerzas afganas han sido incapaces de defender su país".

A nivel geopolítico, China ya ha dado el primer paso y cuando los rumores de un inminente retorno talibán recorrían el mundo, decidió reunirse con representantes talibanes a quienes ofreció reconocimiento (lo que conlleva a un respaldo internacional por tener un asiento en el Consejo de Seguridad de la ONU) a cambio de, al menos oficialmente, no intervenir en el conflicto con los extremistas musulmanes de la etnia china uigur, ni darles cabida a lo largo de su frontera compartida. No oficialmente, esto conlleva también hacerse de una nueva ruta, quizás la más preciada, para comerciar directamente con diversos países, tomando las rutas afganas que unen al gigante asiático con países como Irán y Turkmenistán, de ahí sólo hay un paso a Turquía y a la entrada a Europa.
Rusia, ha sido más cautelosa y ha pedido una reunión de urgencia del Consejo de Seguridad de la ONU, esto debido a que tres ex repúblicas soviéticas tienen extensas zonas limitrofes con Afganistán y uno de ellos Uzbekistán, ya ha tenido episodios de terrorismo islámico interno con el nacimiento del Movimiento Islámico de Uzbekistán; Reino Unido ha decidido no reconocer al nuevo gobierno talibán; Francia y Alemania han tomado la iniciativa para contener la nueva ola de inmigrantes que desatará este nuevo escenario y prestarle ayuda humanitaria al país y Turquía ha pedido la intervención de Pakistán, uno de los tres países que reconocieron el anterior gobierno taliban, en el traspase de funciones al nuevo régimen para que éste sea ordenado, pero en realidad no ha habido tiempo ni siquiera de transferir gestión alguna, al ocaso del domingo los talibanes ya descansaban en el palacio presidencial.
La nueva toma de Kabul ha supuesto un caos para una capital cuyo progreso social se encontraba distanciada de la realidad del interior del país y cuya seguridad era tan frágil como sus dos presidencias anteriores. Kabul amaneció con los bancos colapsados, cárceles tomadas para liberar presos condenados por terrorismo y barrios enteros sumidos en la desesperanza, como la novedosa zona verde de Kabul, barrio donde se encuentran casi todas las embajadas; cafés como el Jackson Art Café, donde hombres y mujeres se reunían a declamar poesía e incluso bares donde jóvenes se encontraban a escondidas de sus padres y que hoy, como el Kabul que conocieron muchos jóvenes millenials, dejaran de existir.
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Artículo escrito por Miguel Angel Curo
Periferia Internacional
2021






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